
El actor y humorista Antonio Gasalla murió a los 83 años. Su estado de salud se había deteriorado hacía tiempo. La semana pasada había recibido el alta médica luego de permanecer casi diez días internado a causa de un cuadro de neumonía severa.
La triste noticia fue confirmada por el productor teatral Carlos Rottemberg a través de sus redes sociales, luego de una prolongada enfermedad y tras un largo y doloroso deterioro de su salud.
Para millones de argentinos, Gasalla no era solo un actor. Era el hombre que, con una peluca y una carcajada forzada, se convertía en Mamá Cora, la abuela desquiciada de Esperando la carroza (1985), inmortalizando frases que hoy son parte del ADN cultural del país. Fue también La Empleada Pública, esa mujer resignada que enfrentaba la burocracia con una mezcla de ironía y hartazgo. Soledad Solari, la diva decadente. La Abuela, que en los años 90 y 2000 enloquecía a los invitados en los programas de Susana Giménez con preguntas incómodas y comentarios filosos.
Gasalla tenía un don. Su humor era un bisturí afilado, capaz de diseccionar la hipocresía con precisión quirúrgica. Nunca necesitó recurrir a lo fácil, a lo burdo. Hacía reír y, al mismo tiempo, obligaba a pensar.
Su partida deja un vacío imposible de llenar en el mundo del espectáculo, pero también en la memoria colectiva de un país que creció con sus memorables personajes.